¿Cómo puede ser posible que un balón pueda cubrir una herida del tamaño del mundo? ¿Cómo es que nosotros, aún sufriendo la lesión, nos damos la vuelta y la ignoramos por unos días que nos cuestan historia?
Esos estadios se sostienen sobre colonias enteras que fueron desplazadas, sobre rentas que se volvieron impagables para la trabajadora que limpia los hoteles del turismo internacional, y sobre el desabasto de agua de los barrios populares que se desvió para mantener verde el césped de la FIFA. Es la misma lógica colonial que hoy despoja y masacra al pueblo palestino ante el silencio cómplice de los mismos organismos deportivos que reciben a jugadores que no les da pena decirle que sí al sionismo y a la guerra. Lo vemos en figuras globales como Lionel Messi, cuyos lazos comerciales y de promoción con el Estado de Israel demuestran que, para la élite del fútbol, el blanqueamiento deportivo vale más que la vida de miles de niños bajo las bombas.
Allá son muros de ocupación y metralla; aquí son vallas publicitarias, gentrificación y fosas. Al final, las víctimas de la limpieza social compartimos el mismo suelo, y la resistencia de las mujeres que defienden el territorio o buscan a sus hijos bajo la tierra es una misma e internacional. Una resistencia que también debe plantarse frente a la cruda realidad que estos macroeventos desatan en nuestras propias comunidades: la alarmante pérdida del humanismo que convierte el festejo en un descontrol total. Tras la pantalla y el alcohol, la pasión se deforma en una violencia primitiva que desborda las calles y asalta la intimidad de los hogares, disparando los índices de violencia doméstica y de género cada vez que rueda el balón. En las plazas y en los Fan Fests en México, la máscara del "hermanamiento deportivo" se cae para revelar su peor rostro, convertida la euforia en racismo explícito, agresiones colectivas y riñas donde el prójimo deja de ser un hermano para volverse un enemigo de camiseta.
Ningún partido ni celebración va a silenciar el grito de justicia de los estudiantes reprimidos, ni va a revivir a las mujeres que nos faltan, ni va a borrar el genocidio en Palestina que la FIFA pretende ignorar. Es aquí donde la juventud tiene que despertar y plantarse. No podemos permitir que el descontrol de las calles y la violencia oculta en los hogares se normalicen en nombre de una copa, ni que nuestra apatía sea el combustible de guerras y masacres que ocurren al otro lado del océano. El llamado es hoy, a las nuevas generaciones: que no nos cubran los ojos con camisetas de franjas de colores. Nuestra obligación histórica es rechazar el olvido y la deshumanización que nos quieren vender como entretenimiento.
Porque un verdadero espíritu mundialista no nace de la amnesia colectiva ni de un nacionalismo ciego que pisotea al de al lado. El verdadero espíritu mundialista debería ser el encuentro real de los pueblos a través de la empatía, un espacio donde la diversidad nos hermane en lugar de separarnos. Debería ser la celebración de nuestra humanidad común, un grito global que exija paz para Palestina, seguridad en nuestros hogares y justicia para los que nos faltan. Que ruede el balón si tiene que rodar, pero que la dignidad y la memoria se defiendan de pie, con los ojos bien abiertos.

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