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COLUMNA SIEMPREVIVA: FEMINISMO MASCULINO


Columna Siempreviva

¿Puede un hombre ser feminista?

Para muchas de nosotras, que encarnamos la resistencia frente a la opresión patriarcal, que un hombre se autodenomine "feminista" suele percibirse como un intento más por ocupar espacios que nos ha costado siglos conquistar. Históricamente, ellos han sido los beneficiarios sistémicos de la estructura que nos violenta; por ello, la etiqueta de aliado no es un premio de consolación, sino una posición política más honesta y coherente que la de protagonista.

El lenguaje no es neutral. Cuando un hombre se apropia del término "feminista", corre el riesgo de diluir el sujeto político del movimiento: la mujer. El feminismo nace de una experiencia vivida, de un cuerpo que transita el mundo bajo el miedo, la brecha salarial y la cosificación. Un hombre, por más consciente que sea, no puede experimentar esa realidad; por lo tanto, su lucha no puede ser idéntica a la nuestra. Su verdadera labor no está en nuestras asambleas ni en la primera línea de nuestras marchas, sino en sus propias trincheras, ahí donde el patriarcado se siente más cómodo.

Ser aliado significa cuestionar el pacto patriarcal en la intimidad de los grupos de amigos, asumir una paternidad corresponsable que no espere aplausos, y respetar la integridad de las mujeres sin excepciones. Desde las esferas del poder, significa no silenciar las voces de las víctimas de feminicidio ni utilizar nuestras causas como banderas de marketing político. Si un hombre desea sumarse, su objetivo no debe ser sobresalir, sino deconstruirse. Menos discurso y más acción: sacar a la mesa los temas incómodos entre sus iguales y romper con la norma que su propio sexo ha perpetuado.

Debemos entender que la deconstrucción no es un diploma que se obtiene para presumir en redes sociales ni una identidad estética; es un proceso doloroso, silencioso y constante de renuncia a privilegios. Es aquí donde la teoría se encuentra con la realidad: si eres insistente en llamarte feminista, deberías ser el doble de persistente en abandonar los actos que te benefician por el simple hecho de ser hombre.

La pregunta que queda en el aire es: ¿verdaderamente estás dispuesto a eso? Porque entender la raíz del problema es solo el primer paso. El verdadero aliado es aquel que está dispuesto a podar el árbol de su propio privilegio, incluso cuando eso signifique perder la comodidad, el estatus o la aceptación de su círculo social. El feminismo no es una medalla para colgarse, es una revolución que les exige dar un paso atrás. El mayor acto de apoyo que un hombre puede hacer es, paradójicamente, dejar de intentar ser el centro y empezar a trabajar en la sombra de su propio entorno, transformando su masculinidad desde la raíz. 

Lorena C.S

Ig: la_lorecs


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