Columna Siempreviva
Huellas Blancas
Si el mundo fuera perfecto, todos escribiríamos con la mano del corazón. Existiría el socialismo y la educación popular; si el mundo verdaderamente fuera perfecto, las mujeres serían dueñas de la luz y del viento, caminarían sin que el miedo les pisara los talones y habitarían cada esquina como flores que no conocen el invierno. Los niños no tendrían que trabajar y los estudiantes no tendrían que utilizar sus mochilas como chalecos antibalas.
Vivo en un país inundado en un polvo-ceniza que lo cubre todo; una niebla espesa que solo deja visible el miedo y la incertidumbre. Vivimos en un país donde, si un demonio disfrazado de humano muere, es suficiente para desmovilizar a una nación entera. Resistimos en medio de la guerra y el caos; transitamos entre fuego cruzado, entre balas que impactan a libres de pecado.
No quiero vivir en este mundo repleto de salvajismo, donde la ley me ve por encima del hombro. No necesito que me victimicen ni que me escupan en la cara para decir que mi seguridad no vale lo mismo que la de ellos. No quiero que vean mi vida como un daño colateral, mientras ellos estrechan la mano del mismo diablo que financia el entierro de mis hermanos estudiantes. Hemos normalizado el lenguaje del horror; la muerte de niños y el borramiento de quienes levantan este país con sus manos desnudas no son solo «ajustes de cuentas»: esas son las palabras de este gobierno frío que intenta apagar con retórica a un país que arde en pólvora. Vivimos bajo la dictadura de un polvo blanco que se confunde con la ceniza de los muertos; una economía de plomo donde el valor de una hectárea se mide en fosas y el de un joven en la rapidez con la que carga un fusil que pesa más que sus propios sueños.
Hoy no solo arden los automóviles en las avenidas; arde nuestra dignidad en el altar de la indiferencia. Siento en el alma una ráfaga de balas que la agujerean al ver una universidad que ha claudicado, que ha preferido convertirse en un mausoleo de títulos antes que en un escudo para sus hijos. Estoy harta de la «normalidad» que nos arrojan como un bozal. Es una deshumanización refinada la de aquellos que, viendo la ciudad caer, exigen que volvamos al aula como si la sangre se pudiera limpiar con un borrador.
No pueden entender que no habrá normalidad mientras el piso que pisamos sea una fosa común, no habrá normalidad mientras el camino a la facultad sea un laberinto de ausencias y no habrá regreso posible mientras pretendan que estudiemos el futuro sobre una tierra que todavía está caliente por el incendio del presente. Quiero aprovechar este espacio para hacer las siguientes denuncias:
Como estudiante de la Universidad de Guadalajara, quiero expresar mi inconformidad con los administrativos y profesores de esta institución, la situación que actualmente el estado de Jalisco está viviendo es de suma importancia, son temas delicados y que se tienen que tratar con precaución, cosa que a la Universidad de Guadalajara parece no importarle y toman a la ligera la seguridad de su alumnado, profesorado y colaboradores.
Creo que hacer una denuncia y utilizar todos los medios que estén a mi alcance es darle también voz a todos esos miembros de la red UdeG que aún temen por su seguridad, es hacer saber que hay deficiencias en cuanto a los códigos de seguridad de una institución tan grande como la Universidad de Guadalajara, que al parecer para ellos es más importante volver a una normalidad parcial que un regreso bien planificado y seguro.
Agradezco al movimiento estudiantil y a las asambleas de cada centro de UdeG por luchar y gritar por los derechos de todas y todos. Ig: la_lorecs X: la_lorecs

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