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Columna Siempreviva: El Sexo como Acto Político

 

Columna Siempreviva

Fuego Soberano

Mi cuerpo es flor, fiera, fuego. Es, en pocas palabras, vida. Y si es vida, ¿por qué lo cubro? ¿Por qué me obliga esta estructura a no ser mujer? ¿Por qué el mundo disfruta de mi piel si el territorio es mío, y solo mío?

Mi poesía es literal, porque en la mente del verdugo yo no existo. Soy, tal vez no soy, tal vez sea... o tal vez no me permitan ser, atrapada en esa psicología que me llama «complicada» para esconder que mi complejidad es resistencia.

Él se erige como el seductor, el dominante, el castigo que no pedí, pero que cargo, heredera de un pecado que nunca cometí pero que la Biblia tatuó en mi vientre como si yo fuera el motor de su caída.

Cuando abro las piernas, mi carne se vuelve política; pero cuando ellos las abren, yo me vuelvo animal. Mis cicatrices las bautizan como «amor», y su puño cerrado lo llaman «protección». Me deshumanizan. Me quitan el nombre para darme un diagnóstico.

Mis gritos de auxilio son solo «inconformidad», un ruido más que se disuelve en el aire cansado, ese aire que ya no aguanta el peso de nuestros lamentos. Nos llaman brujas por manifestar, por querer que nuestras voces tengan sentido para él, por exigir que este cuerpo deje de ser una propiedad pública.

Pero se acabó el tiempo de la disculpa. A ese malnacido que juega a ser bombero y pretende apagar mi deseo con su miedo: sepa que mi fuego no es un incendio que se extinga, es la luz con la que quemó sus mandatos.

Mi orgasmo es un motín, mi deseo es mi derecho, y mi cuerpo es el mapa que yo misma trazo. Ni fiera domada, ni objeto de castigo: soy la hoguera viva de mi propia libertad.

-Lorena Carlos

Crecí en un cuerpo que no sentía como mío, una propiedad privada gestionada por el miedo al juicio ajeno. Nos formaron para ser jarrones: presentes, pero estáticos; bellas, pero mudas. Sin embargo, la niña temerosa se agotó de permanecer oculta. Comprendí que mi futuro no es algo que heredó, sino que debo conquistar, y que mi cuerpo es el único lugar en el que mis palabras tienen poder. Ser desafiante no es un fallo en mi carácter; es el grito de mi esencia feminista reclamando lo que siempre le ha correspondido. 

El número pasado hablamos del Heterofatalismo, una idea que captura el descontento de las mujeres jóvenes. No se trata solo de pesimismo; es la dura realidad de que las relaciones heterosexuales a menudo son un terreno minado de patrones tóxicos heredados. Es el temor de que, si no rompemos este ciclo, repetiremos las historias de vacío y resignación de nuestras madres y abuelas. Este fatalismo es el motivo por el que el sexo se vuelve monótono: ¿cómo podemos disfrutar si estamos ocupadas simulando placer para no ofender el ego de una sociedad centrada en lo masculino? Decidí dejar de interpretar. Elegí que mi sensualidad no es un producto para el deleite masculino, sino un refugio para mi propia tranquilidad. 

La auténtica revolución no se produce en las calles si no comienza en nuestro interior. A ti, que estás leyendo estas líneas, te invito a la desobediencia más profunda: conocerte a ti misma.

Deja de buscar mapas que no son tuyos y comienza a explorar tu propio paisaje. No necesitamos el consentimiento de nadie para descubrir qué nos enciende, qué nos brinda calma y lo que nos pertenece. El auténtico placer no se encuentra en cumplir con un guión de internet, sino en la conexión genuina. 

Obsérvate, emociónate, habita tu ser. Solo cuando dejas de ser un objeto para los demás, te conviertes en la dueña completa de tu placer. Ig: la_lorecs X: la_lorecs

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