Columna Siempreviva
Vendo Amor
¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por encontrar al “amor de tu vida”? ¿Tal vez 60 dólares al año, o tal vez la moneda de cambio es más alta? Vivimos en una época donde lo queremos todo al instante; no podemos esperar más porque sentimos que la vida se nos va. Habitamos un mundo donde incluso la acción más humana —el encuentro con el otro— se ha reducido a la simplicidad de un click.
Si estamos intentando regresar a lo tradicional, ¿por qué permitimos que el amor se vuelva algo tan triste, seco y digital? Si plataformas como Tinder o Bumble solo nos vinculan con personas que están a nuestro alcance geográfico y visual, ¿no es esto, en el fondo, un acto de consumismo estético? Me pregunto si solo le apostamos a lo casual o si de verdad creemos que podremos construir un destino junto a alguien a quien aceptamos basándonos únicamente en la superficie de su apariencia.
Hoy la nostalgia es nuestro refugio. Nos hace pensar en el romance juvenil: salir por un helado después de la secundaria, tomarse la mano tímidamente entre clases o simplemente compartir el desayuno en un receso. En ese entonces, el afecto era real. Ahora, lo real se diluye en lo irreal mientras nos escondemos detrás de filtros que editan nuestra esencia.
Esta autora, le apuesta al romance intenso y no fugaz. Le apuesto a las miradas coquetas en el silencio de una biblioteca, a la poesía escrita a mano y a las cartas de amor. Estas no nacen de la certeza ni del lugar seguro que el celular nos ha construido; nacen del riesgo de ser vistos de verdad.
Prefiero buscar una aguja en un pajar que tener un pajar diseñado a mi medida. Prefiero el silencio incómodo de una primera cita antes que la seguridad anestesiada de un chat vacío, plagado de espejismos digitales.
Sin embargo, hay una grieta en este ideal. Siendo mujer y joven, el deseo de lo auténtico choca de frente con el miedo a repetir los mismos patrones de incomunicación.
El agotamiento de enfrentarse a las mismas diferencias insalvables nos empuja al heterofatalismo: ese estado donde el desinterés por conocer a alguien nuevo se convierte en nuestra única armadura. A veces, la decisión de no buscar no es falta de ganas de amar, sino el cansancio crónico de un sistema que nos ha enseñado que, en el mercado del afecto, siempre terminamos pagando un precio demasiado alto.
Lorena Carlos
Ig: la_lorecs
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