El 19 de septiembre
falleció la astrónoma mexicana Julieta Fierro. Durante esos días se hizo viral
en redes sociales una cápsula titulada: La ciencia nos demuestra que no tenemos la verdad. Perteneciente al proyecto Aprendemos Juntos
de BBVA. Aquí Julieta Fierro es la ponente; ella platicaba sobre su
vida, su vida profesional, la ciencia, el cómo nos enseñan estas
ciencias exactas en las escuelas desde la educación básica y diferentes puntos
de la ciencia y la divulgación de la misma súper interesantes.
Aproximadamente en el minuto 24, le hacen una pregunta sobre su opinión
respecto a la participación de las mujeres en la ciencia.
Habló y destacó varios mitos y creencias, realizando
una crítica hacia la falta de espacios para prolongar las estancias de
investigación y participación de las mujeres. Fue una conferencia que me dejó
pensando y reflexionando como mujer estudiante y futura profesionista.
Durante estas semanas
observé mi entorno, las mujeres que me rodean y mi plantilla docente. Vi
mujeres con un gran potencial y conocimiento que tuvieron que acomodar sus
carreras en empresas transnacionales o puestos de poder importante por
sus responsabilidades personales como hijos y hogar, y aquellas que no lo
hicieron siendo juzgadas por sus hijos, esposos y sociedad como “malas
mujeres”.
¿Cómo es que como
estudiantes nos queremos comer el mundo llenando las aulas, pero en determinado
momento tenemos que priorizar y elegir entre nuestras metas personales y
profesionales? ¿Los hombres viven el mismo conflicto? ¿Por qué sentimos que
tenemos que destacar para poder tener aprobación intelectual y profesional? Y
aunque tenemos la apertura de tener espacios de participación gracias a la
lucha feminista que se ha vivido a partir del siglo XX, ¿aún tenemos que luchar
contra estereotipos?
Durante las últimas
décadas hemos visto a las mujeres en nuevos espacios, luchando por sus lugares
en contra del mayor enemigo de la sociedad: los mitos y creencias, que para
algunos se ha convertido en su verdad absoluta, pero para las mujeres en nuestro
mayor verdugo, siendo blanco descalificativo para sus trabajos, sus
desarrollos, sus metas, sus deseos y sus decisiones.
Conocemos la frase “calladita
te ves más bonita”, la cual tiene un trasfondo evidente de sumisión, donde
se nos pide obediencia absoluta, y aquella que demuestra su inconformidad es
tachada de revoltosa, conflictiva y rebelde. Esta es una frase que también se
nos ve aplicada la mayoría de las veces en espacios laborales e intelectuales,
lo cual es contradictorio porque en las universidades nos inculcan y exigen la
libre crítica y opinión, pero cuando alzamos la voz, ¿somos exageradas e
imparciales?
Un claro reflejo del
descontento social y político es el movimiento del 8M. Aunque no hay que ser
tan drásticos, en las relaciones aun muchas mujeres sufrimos de invalidación al
tacharnos de exageradas porque “una mujer siente de manera diferente que los
hombres”, encasillándonos y a ellos igual, ya que es como si se vieran a
sí mismos como máquinas que actúan con lógica y no sentimientos como los
humanos que son. Entonces, ¿este prejuicio nos desmerita solo a
nosotras?
Por otra parte,
biológicamente nosotras menstruamos, sufrimos de síndrome premenstrual, damos a
luz, por lo que inconscientemente creemos que debemos sacrificarnos física y
mentalmente porque, si lo hacemos de manera natural, ¿por qué no hacerlo por lo
que queremos y nuestras responsabilidades? Entonces siempre vivimos con esta
idea de que debemos sacrificarnos por lo que queremos, pero también por lo que
elegimos ser. Es como si nos castigaran desde el momento en que nacemos siendo
mujeres, pareciendo condena natal.
Es peor cuando
sentimos que tenemos que sacrificar o elegir entre maternar y ser
profesionales. Porque si no le dedicas tu 100% a tus hijos y hogar eres mala
madre, pero tampoco podemos desarrollarnos profesional e intelectualmente de la
manera que quisiéramos o se espera, por lo que seríamos llamadas “profesionista
no comprometida”. Ahora tenemos doble o triple jornada, lo que nos lleva a
tener evidentemente un menor rendimiento y es súper lógico, pero
tendemos a autocastigarnos por sentirnos agotadas, pero ¿Cómo hacerlo sin culpa
si queremos hacer todo?
Y terminamos sufriendo
de violencia laboral cuando decidimos embarazarnos porque se la piensan en
contratarnos, como si ser madres nos hiciera incompetentes. ¿Los hombres viven
lo mismo al convertirse en padres? Somos castigadas inconscientemente por querer
ser madres, negadas con menos oportunidades laborales e intelectuales ya que en
posgrados no hay programas donde puedas tener licencia o baja temporal al
concebir a tus hijos. Es como si fuéramos negadas al árbol del conocimiento.
¿Qué tan castigadas
somos cuando lo intentamos?
Imagínate el siguiente
escenario: un grupo de 5 estudiantes, entre ellos se encuentra una chica
responsable que desea realizar con sus compañeros un trabajo de calidad. Al
pedir silencio, respeto por su opinión, propone ideas y pide lo mismo por parte
de sus compañeros. Automáticamente es etiquetada como mandona o exigente, pero
si el caso fuera al revés, a él se le llamaría líder nato. Volvemos al mismo
castigo, por no ser sumisas, no ser dóciles ni delicadas, ¿Dónde queda la
igualdad en esta asertividad y liderazgo? Lo mismo sufre la mujer adulta de
“carácter fuerte”.
Y no hablemos de la
descalificación que existe con la frase “mujer bonita, mujer tonta”, como si
nuestro aspecto físico también validara nuestras capacidades intelectuales. ¿No
podemos ser bonitas, atractivas, femeninas y también ser altamente eficientes
y capaces?
Para mantener nuestro
espacio, sentimos que tenemos que ser merecedoras, nos exigen destacar y
siempre ser las mejores, como si siempre tuviéramos que justificar nuestra
presencia. Entonces la sociedad nos exige ser una especie de Mujer Maravilla,
porque aparte con la creencia de que la mujer es la encargada de la crianza y
el hogar, tenemos la necesidad y nos obligan a mantener y a cuidar. O sea, no
basta solo con hacer nuestro trabajo, cumplir con nuestras obligaciones, sino
también de encargarnos que los demás lo hagan también, como si no tuvieran la conciencia
de lo que tienen en las manos.
Entonces terminamos en
el mismo círculo, ¿de verdad tenemos igualdad o jugamos a tenerla?
Si siempre tenemos que
ser las mejores, entonces tenemos que estar igual de preparadas, por lo que debemos
tener múltiples estudios, especializaciones, posgrados… ¿Cuándo nos queda
espacio y tiempo para nuestras metas personales, para nuestra planificación
familiar? Como si tuviéramos que elegir entre una y otra, y aun así somos
juzgadas, pero también si elegimos ambas. Incongruencia en su máximo esplendor.
¿Entonces por ser
madre no puedo ser jefa o gerente?
El problema es interno
en cada una porque debemos tener un criterio y una conciencia de
nuestros contextos, nuestras áreas de oportunidad y un alto nivel de
autoconocimiento, pero no es toda nuestra responsabilidad, porque esto es una
problemática social que nos afecta a todos de manera política, económica,
social, cultural, etc.
No se trata de
descansar más, de esforzarnos, de echarle ganas, de exigirnos menos, sino de
crear espacios y oportunidades. No solo nosotras, no solo la sociedad, también
el Estado, ¿por qué? Porque todas estas metas, políticas, visiones, etc., solo
se pueden cumplir en equipo y en conjunto con todos los agentes sociales.
Debemos tener por derecho espacios y oportunidades dignas para poder prolongar
nuestras estancias.
Más guarderías,
escuelas de tiempo completo, licencias parentales para ambos padres, sueldos
competitivos y dignos, políticas, leyes y reformas en beneficio de los
ciudadanos, de las madres y padres profesionistas, mujeres con libertad de
elección. No es una guerra en contra de los hombres, es una búsqueda de
igualdad, de una conciencia social. Para las mujeres no debería sentirse
como sacrificio, sino como una elección digna y libre.
Para tener una mejor
sociedad y un país más justo, necesitamos perspectivas femeninas plenas. Y para
tenerlas necesitamos a mujeres desarrolladas, preparadas, competentes, que,
aunque decidan ser madres, puedan elegirlo desde la libertad y con dignidad, sin
la autoculpa de sentir que se sacrifican. Esta no es una carga individual; es
una responsabilidad que debe ser apoyada y asumida por la sociedad y el Estado
en conjunto. Solo así lograremos un futuro más equitativo, digno y más humano.

0 Comentarios